13 feb. 2016

Fragmento de The Beast

Mary tropezó con algo –Oh, Dios, era un restrictor al que le faltaba un brazo– y continuó, dando otro silbido. Y un tercero…
La bestia se congeló, sus costados se inflaban y se desinflaban, las escamas purpuras relucían en la oscuridad como si se iluminaran desde dentro por una corriente eléctrica.

El cuarto silbido llamó su atención.
Disminuyendo su velocidad, Mary ahuecó las manos alrededor de su boca.
—¡Ven aquí! ¡Ven aquí, chico!
Como si la bestia fuera solo el perro más grande del mundo.
El dragón soltó un bufido y resopló a través de sus fosas nasales, el sonido era algo entre un cojín de pedos y el motor de un jet a reacción al despegar.
—¡Tú, ven aquí! —dijo ella—. Deja eso. No es tuyo…

Gracias al Blog Hermandad de la Daga Negra 

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― Stephen King