4 may. 2016

Zsadist y Nalla (Hermandad de la Daga Negra)

Por Anyae
El sonido era como el de un signo de interrogación si los teclados pudieran hablar: una suave consulta, parte gemido con una pequeña demanda.

Zsadist abrió los ojos, instantáneamente hiper-consciente. La habitación era en tonos negros -que era lo que querías cuando la luz del sol puede llevarte a la tumba y eran las tres de la tarde. Y en el pasado, habría ido a por su arma primero... espera, su palma ya estaba bajo la almohada y agarrando su Glock.

Tranqui, rarito, se dijo a sí mismo. Tomando una profunda respiración, puso en marcha la parte lógica de su cerebro y anuló su glándula suprarrenal con un montón de "estás en casa y a salvo" y "no hay alarmas que apagar" y "toma otra exhalación, gilipollas".

A su lado, su shellan, Bella se agitó y, sip, fue a levantarse de la cama, la clásica respuesta de mamá que tiene una hembra y que la mueve hacía sus crías antes de estar incluso consciente. 

—La tengo —dijo él, cogiendo su mano y tirando de ella hacia abajo—. Te levantaste la última vez.

Bella bostezó con fuerza, su mandíbula crujió.

—Eso fue hace como unos seis meses. Cuando ella tuvo problemas estomacales.

—Podría haber sido hace diez años. No quiero que hagas esto sola.

La risa que flotó hacia él era amor en el aire.

—Eres increíble.

—Te llamaré si lo necesito.

Saltando del colchón, cruzó la gruesa alfombra. A pesar de que Nalla estaba en la habitación de al lado, desde su transición fuera de la cuna, se había acostumbrado a llevar los boxers en la cama. Le había llevado un tiempo acostumbrarse, pero no se sentía a gusto con sus genitales por todas partes si la puerta entre las habitaciones no estaba cerrada con llave.

El pomo estaba cálido y las bisagras no dejaron escapar ningún sonido mientras las abría. El olor de la habitación lo hizo sonreír. Dulces cosas, cosas de chicas, como champú de fresa, muñecas que olían como flores y toallitas de lavanda para la secadora. La luz era de color rosa también, brillaba sobre las estanterías que estaban llenas de delgados tomos que tenían más imágenes que palabras. 

Nalla estaba sentada y parpadeaba como si no pudiese ver nada, sus enormes ojos amarillos desenfocados y su pelo multicolor por todas partes, parecía una ensalada mixta.

Cuando su presencia se registró, ella se volvió y extendió los brazos.

—¿Papi?

Él se acercó y se sentó y la abrazó con fuerza.

—¿Qué ocurre, mi nalla?

Su cuerpo era tan enorme que se sentía como si ocupara toda la maldita cama, pero cuando ella se apretó más contras su pecho, se sintió bien con su tamaño. Quería ser grande como una jodida montaña para ella. Quería ser el señor Everest con una boca llena de hojas dentadas, tener puños del tamaño de coches y llevar un arsenal de armas de uso militar en los hombros, las caderas y los muslos. 

—¿Otro mal sueño? —susurró mientras alisaba su pelo —. ¿Más del hombre sombra?

—¿Por qué? —lloriqueó mientras asentía.

No lo sabía, pero ¿si pudiera entrar en sus sueños y cazar a ese hijo de puta? No más pesadillas, nunca.

—Estoy aquí. Ahora estás a salvo.

Dios, ella era pequeña. Eso la aterrorizaba. Y mientras miraba alrededor de la habitación, deseó que estuviesen en un bunker subterráneo. Había habido momentos en los que se había sentido vulnerable antes, pero ¿después de que Bella diese a luz y que ambas sobrevivieran? Se pasearía por el Infierno para protegerlas.

Lo siguiente que supo era que estaba cantando, pero no podría haberle dicho a nadie lo que era. Su cuerpo se balanceaba ligeramente y Nalla estaba cobijada más cerca.

No estaba seguro de a quién estaba calmando. Si a sí mismo o a su hija. 


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Bella no podría soportarlo más. No había más sonidos preocupantes, no había bengalas de socorro por parte de su hellren, nada salvo la tranquilidad desde el monitor y el resto de la casa. Y la última cosa que quería era que Zsadist sintiera que ella creía que él no era capaz de manejar la cosas. Porque él podía.

Era solo... mamitis. Necesitaba saber que todo estaba bien.

Deslizándose fuera de las sábanas calientes, cruzó la alfombra. Llevaba una enorme camiseta de Z, que le hacía cosquillas en las rodillas y le llegaba a los codos a pesar de ser de manga corta y ceñida para él.

Nalla había sido trasladada a la habitación de al lado hacía unos seis meses para que ellos pudieran tener algo más de privacidad y la niña había sido una campeona. Pero de vez en cuando...

Bella se detuvo en el umbral. Y con una oleada de calor, lo supo, como en muchos otros momentos, que lo que estaba viendo a través de la habitación de la pequeña era algo que ella recordaría hasta el día de su muerte.

El dosel rosa de la cama de Nalla era un festín de lujos tan exagerado que les había llevado un tiempo a Bella y Z acostumbrarse. Pero ¿qué pasaba cuando una noche cualquiera mencionabas en la Última Comida que estabas pensando en mudar a tu hija a una gran cama de chica? ¿Y la Hermandad estaba con la oreja puesta? Ese montón de tíos locos de amor con pantalones de cuero, que llevaban shitkickers y armas y estaban cargados de testosterona, transformaron Pottery Barn y Bed, Bath and Beyond en putas. En menos de veinticuatro horas, Fritz estaba tirando más cajas en la furgoneta que la mayoría de aviones UPS a través del país.

Y síp, era como si una botella de Pepto-Bismol hubiera explotado, pero la cara de Nalla se había iluminado al segundo de entrar y el escuadrón de Malditos Tíos Amorosos, que era como se llamaban a sí mismos, se había fundido en charcos de Hermanos.

En la cama, Z estaba sentado con Nalla en su regazo, sus abultados músculos formaban una jaula alrededor de su diminuto cuerpo, su cabeza rapada estaba inclinada, sus ojos cerrados, su cara llena de cicatrices compuesta de líneas de profundo amor.

"... hazme feliiiiz... cuando el cielo está gris..."

Su mano de la daga, callosa por la guerra y amable por el amor, acariciaba los rizos multicolor que estaban en una maraña.

"... tú nunca sabráaaaas, querida..."

Y su voz. Esa voz, Dios, esa voz. Tan clara como un cristal, con tonos más profundos que un océano y más altos que el paraíso, era el tipo de cosa que convertía tu cuerpo en un diapasón, incluso si no tenías inclinación musical. 

"... cuánto te quieroooo..."

Nosotros hicimos esto, pensó mientras lo miraba. ¿Esa preciosa e increíble criatura pegada a ti? La hicimos juntos.

"... así que, por favor, no te lleves la luuuz del sol..."

Él abrió los ojos en ese momento y se sobresaltó un poco con sorpresa. Luego hubo una expresión de vergüenza en su cara... que era tan él. Incluso con ella, no le gustaba ser cazado por sorpresa. Pero ella no cometía ningún delito con eso. Sus defensas habían sido destruidas con dureza de la más degradante y brutal de las maneras y ella siempre les daba espacio para respirar y relajarse. Y alrededor de ella y Nalla, siempre lo hacían. 

Bella le lanzó un beso y pronunció las palabras que no estaban solo en su cerebro, sino también en su corazón y en su alma.

Por Anyae
Te.

Amo.

Y luego se retiró, dejando a padre e hija. Volviendo a su cama de matrimonio, se tendió en su lado y puso la cara en la almohada que olía a su loción de afeitar. Cerrando los ojos, se sintió más rica que cien mil reyes.

Pensandolo bien, ¿cuando tenías a tu familia cerca? Eso era de un valor más incalculable que cualquier mina de diamantes, más resonante que cualquier sinfonía, más bello que cualquier amanecer.

*FIN*

Fuente: Blog HDN

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